Curar con la mente
Carlos Manuel Sánchez -
XL Semanal
Los científicos han descubierto que las
emociones positivas pueden curarnos. Y creen haber hallado la puerta
misteriosa que le permite al cerebro actuar sobre nuestro organismo: el
nervio vago. Otra buena noticia: la alegría y la paz interior están
clínicamente asociadas a la longevidad. Sonría y lea.
Sonreír alarga la vida. No es broma... Unos siete
años de media. Un estudio epidemiológico de la Universidad Wayne de
Detroit (Estados Unidos) llega a esa conclusión.
Los
psicólogos estudiaron las fotografías de 196 jugadores de béisbol de
1952 y anotaron cuánto salían sonriendo. Luego investigaron cuáles de
ellos seguían con vida. El resultado: los risueños viven casi 80
años; los serios, 73. El estudio parece anecdótico, pero se inscribe en
una corriente novedosa en la medicina académica y que avalan decenas de
investigaciones. La felicidad es curativa. Que las emociones
influyen en nuestra salud ya se sabía. Pero hasta hoy los científicos se
habían centrado en las emociones negativas (ansiedad, depresión,
estrés...) que aumentan el riesgo de determinadas enfermedades.
Lo
que la comunidad médica no tenía tan claro es que las emociones
positivas también son importantes. La gente feliz no solo tiene vidas
más estables, matrimonios más duraderos, mayores habilidades
intelectuales y mejores relaciones interpersonales a lo largo de sus
vidas. Esas vidas son estadísticamente más sanas y más largas. El
bienestar psicológico reduce la actividad de las hormonas relacionadas
con el estrés y nos hace menos vulnerables a las enfermedades
infecciosas, coronarias, metabólicas y autoinmunes. Disfrutar de la vida
debería ser un objetivo de los programas de prevención de enfermedades.
Los
investigadores creen haber encontrado la conexión entre la felicidad y
la salud: el nervio vago. «Es la estructura que une cuerpo y mente»,
afirma Thomas Schläpfer, psiquiatra del Hospital Universitario de Bonn a
la revista alemana Der Spiegel. Un nervio vago en plena forma
contribuye a que el corazón palpite con brío, a que la digestión sea
regular y nos ayuda a alcanzar el orgasmo. Nos invita a
empatizar, a mirar a los ojos, a sonreír... Los enamorados deberían
dejar de dibujar corazones de tiza y aprender a pintar la complicada
geografía de este nervio que parte del tronco del encéfalo y va a lo
largo del cuello y del tórax hasta los intestinos, con muchas
ramificaciones. Inerva el oído interno, la faringe, la laringe, los
pulmones, el estómago, el intestino y el corazón.
Se puede
estimular el nervio vago recurriendo a métodos como la meditación, el
yoga, el zen y otras sabidurías milenarias que se están ganando el
respeto en facultades y hospitales. La doctora norteamericana Bethany
Kok ha comprobado que el nervio vago se activa con la meditación, pero
también con una buena charla entre amigos. Amor, bienestar y
compasión son el mejor ejercicio. «Las personas que atesoran
sentimientos positivos mejoran el tono de su nervio vago. Esto está
asociado con una buena salud y una vida más larga», asegura Kok, que
realiza sus experimentos en el instituto Max Planck de Leipzig. «El
médico nos dice que no deberíamos fumar ni comer demasiado, pero no nos
suele aconsejar que seamos felices».
Psicólogos y médicos
se proponen conciliar las técnicas de meditación procedentes del budismo
y el hinduismo con los postulados de la medicina moderna. Monjes y
yoguis les enseñan. En el Hospital General de Massachusetts (Boston,
Estados Unidos), 15 pacientes diagnosticados con trastorno de ansiedad
usaron su mente como si fuera un fármaco. Los voluntarios
participaron en un curso de meditación durante ocho semanas.
Consiguieron controlar mejor sus emociones y tuvieron menos problemas
para dormir. Su cerebro había cambiado de forma positiva, como se
comprobó con resonancias magnéticas: ciertas zonas de su córtex
prefrontal aparecían muy irrigadas, aquellas que regulan los
sentimientos. Así que los médicos están empezando a tomar en serio el
pensamiento positivo. Es más, cuando el médico despierta confianza,
provoca en su paciente unas respuestas psicológicas que actúan como un
medicamento. «Da igual si practico la meditación o si mi médico
despierta en mí alguna expectativa de mejora: en el fondo, lo que hago
es provocar alteraciones bioquímicas que llegan a mis órganos a través
de la sangre o de las fibras nerviosas», afirma Manfred Schedlowski,
psicólogo de la Clínica Universitaria de Essen.
Esta
sorprendente capacidad mental de curación viene programada de serie en
el Homo sapiens, según los científicos que estudian la evolución. Todos
tenemos de nacimiento un botiquín de primeros auxilios en el cuerpo.
Este sistema repara heridas haciendo crecer tejido nuevo, elimina
sustancias tóxicas con el hígado, lanza sus células inmunitarias contra
los gérmenes... Pero estas acciones consumen energía y tienen
efectos secundarios. Los vómitos y las diarreas expulsan los patógenos,
pero también desperdician alimentos y líquidos. La fiebre achicharra las
bacterias, pero recalienta los órganos. El cuerpo dispone de una
especie de sistema de control que administra estas fuerzas curativas. Se
encarga, por ejemplo, de que el sistema inmunitario funcione a medio
gas durante los meses de invierno para ahorrar energía. El precio que
pagamos por ello son los resfriados.Este sistema de control puede
movilizar fuerzas insospechadas. Unos médicos italianos lo
comprobaron durante un terremoto. En el hospital tenían ingresadas a 14
personas aquejadas de párkinson; apenas tenían movilidad. Pero durante
el seísmo el bloqueo desapareció momentáneamente y los pacientes
corrieron buscando la salida.
Cuando el cerebro
percibe una ayuda del exterior o cuando alcanza un estado positivo
gracias a la meditación, este sistema de control consigue utilizar mejor
la farmacopea interna del organismo. Por eso, sensaciones como el
optimismo o la confianza pueden influir sobre la salud. Es algo que ya
intuían los chamanes de la Edad de Piedra. Realizaban acciones
médicas como entablillar una pierna rota con una rama o aspirar el
veneno de una picadura, acciones que tenían un componente psicológico,
pues conseguían que el sanador despertara la esperanza del paciente.
Incluso cuando el brujo no tenía ningún remedio, siempre podía sacarse
un as de la manga: los bailes, los tambores y unos conjuros conseguían
también buenos resultados. A lo largo del proceso evolutivo se han ido
formando en el cerebro diferentes áreas sensibles a estas prácticas de
magia médica. Hoy se ha comprobado su existencia gracias a las
resonancias. «La gente se siente más esperanzada cuando llega a
la consulta del médico, igual que cuando brilla el sol o cuando se
acerca el fin de semana», explican los investigadores británicos
Nicholas Humphrey y John Skoyles.
La fe también ayuda. Un
estudio de la Universidad de Duke, en Carolina del Norte (Estados
Unidos), sobre casi 4000 ancianos concluye que las personas que rezan
tienen vidas más longevas. También son importantes los vínculos
sociales. La psicóloga Julianne Holt-Lundstand ha analizado los
datos de más de 300.000 personas. Su conclusión: el índice de
supervivencia de las personas bien integradas en su comunidad es un 50
por ciento más elevado. Estar solo es tan perjudicial como fumar.Una
clínica de Hamburgo ha estado aplicando la 'terapia del esparadrapo' a
enfermos con dolores crónicos de espalda. Un médico pega con esparadrapo
en las lumbares un tubo unido a una botella de perfusión e informa al
paciente de que se trata de un analgésico muy potente. Al cabo
de un cuarto de hora retiran el esparadrapo y lo dejan marchar. Cuando
vuelven a revisión, la mayoría asegura que sus dolores se han reducido.
Entonces, le explican que la mejoría deben agradecerla al poder curativo
de sus mentes, ya que la botella solo contiene suero salino. Es el
propio paciente el que fabrica el analgésico que le alivia, segregando
endorfinas, un opioide orgánico.
El pensamiento positivo y
la meditación producen una mejoría más clara si el paciente recibe,
además, un tratamiento contrastado o un fármaco eficaz. Y a la inversa,
el desánimo y las expectativas negativas pueden arruinar los efectos de
una medicina. El cerebro del paciente reacciona a todo lo que
el doctor dice. Y también es hipersensible a las señales no verbales.
Una duda, una mala cara, información poco clara y en jerga técnica
pueden ser casi tan perjudiciales como una infección. Por el contrario,
una sonrisa, palabras sencillas, confianza, son herramientas curativas.
Incluso en intervenciones a corazón abierto, la confianza del paciente
desempeña un papel decisivo. Y científicos estadounidenses han
comprobado que las técnicas de meditación ayudan a prevenir infartos y
accidentes cardiovasculares en personas con el colesterol alto.
Los
anestesistas de la clínica universitaria de Regensburg (Alemania)
intentan calmar la ansiedad de los pacientes recurriendo a estas
técnicas. «Un accidentado, una parturienta y cualquier persona que entra
a un quirófano se encuentra en estado de trance explica el doctor Ernil
Hansen a Der Spiegel. Son muy sensibles a las sugestiones
negativas y caen en el pesimismo». Lo que un paciente ve antes de su
operación también suele ser bastante desagradable. Rejillas de
ventilación, lámparas cegadoras, personas con mascarillas... «Aquí hemos
optado por pegar en el techo pósteres de destinos turísticos, saludar a
los pacientes antes de ponernos la mascarilla y dejar que sostengan la
máscara respiratoria para que se familiaricen con ella».
Cómo sanan los pensamientos
1.
En el lóbulo temporal, la amígdala procesa las percepciones sensoriales
y les asocia una etiqueta emocional. Si esas percepciones apuntan a un
peligro, induce a través del hipotálamo la liberación de la hormona del
estrés. Surge así la sensación de ansiedad.
2. A
continuación, el impulso recibido por la amígdala vuelve a ser analizado
en el córtex prefrontal, valorado y, si es necesario, corregido. De
esta manera se evitan sobrerreacciones y se atenúan los ataques de
ansiedad.
3. La influencia del córtex prefrontal
sobre la amígdala puede fortalecerse a través de la meditación. La
persona acaba reaccionando con más calma a los estímulos externos. Se
vuelve menos propensa al estrés y a las reacciones exageradas de
ansiedad.
4. Los sentimientos y estados de ánimo
pueden actuar sobre todo el organismo, pues el cerebro está conectado
con el resto del cuerpo a través de fibras nerviosas. El nervio vago
está considerado uno de los principales enlaces entre mente y cuerpo.
5.
El nervio vago es parte del sistema parasimpático, o 'sistema de la
calma', responsable del sosiego, la relajación y la regeneración. Su
contraparte, el simpático, pone el cuerpo en tensión, acelera el pulso y
la respiración y descarga adrenalina.
6. El
vago, por su parte, se encarga de ralentizar la frecuencia cardiaca y se
ocupa de la peristalsis, es decir, del avance de los alimentos a lo
largo del sistema digestivo. También produce la secreción de enzimas
digestivas y contrae los bronquios.
7. Nuevos
estudios apuntan a que es posible influir voluntariamente sobre el
nervio vago a través de la meditación.Un tono más elevado podría
reforzar el efecto tranquilizador del parasimpático y de este modo
influir positivamente sobre el organismo.
8. El
vago forma parte de un gigantesco sistema de comunicación compuesto por
miles de millones de neuronas, células nerviosas con multitud de
prolongaciones similares a tentáculos.
9. Cada
neurona está conectada a otras células nerviosas mediante un millar de
sinapsis. La longitud total de las células nerviosas del ser humano
sumadas equivale a la distancia de la Tierra a la Luna, de ida y
vuelta...
Escuelas de relajación... y qué curan
-Meditación trascendental. Hay
muchas técnicas, aunque los médicos suelen prescribir la Reducción del
Estrés Basada en la Atención Plena. Proviene del budismo, aunque no
tiene naturaleza religiosa. Puede describirse como una atención
desapasionada e intensa a las sensaciones físicas, percepciones y
pensamientos, pero sin hacer juicios de valor. Es eficaz contra la
ansiedad, la depresión y los dolores. La presión sanguínea baja.
-Zen. Un
estudio del Hospital Quirón de Zaragoza ha probado cómo esta meditación
aumenta la plasticidad cerebral, mejora la coordinación entre las
neuronas y altera los circuitos cerebrales, induciendo a mejoras
permanentes. Disminuye a su vez la actividad metabólica neuronal y
aumenta la inmunidad.
-Chi kung. Un trabajo de
los profesores María D. Flores Bienert, Gregorio V. Nicolás y Manuel G.
López, de la Universidad de Murcia, estudió a 458 empleados públicos con
alto nivel de estrés laboral y los sometió a un tratamiento de
formación teórico-práctico de un mes basado en esta técnica relacionada
con la medicina china tradicional. Los trabajadores experimentaron una
mejora sustancial de los niveles de ansiedad, volviendo a cifras de la
población sana.
-Hatha yoga. Un estudio de la
Universidad del Estado de California, en Los Ángeles, demostró que la
práctica del yoga intensifica la densidad de los huesos vertebrales. Su
capacidad para bajar los niveles de la hormona del estrés y el cortisol
ayuda a conservar el calcio de los huesos y contribuye a alcanzar la
relajación muscular y a bajar el ritmo respiratorio, favoreciendo así
entrar en estados mentales más serenos y tranquilos.
-Taichí.
Científicos de la Universidad del Sur de Florida y de la de Fudan, en
Shanghai, verificaron aumentos en el volumen cerebral y mejoras en las
pruebas de memoria y pensamiento en ancianos chinos que practicaban
taichi chuan tres veces a la semana, según informa un artículo publicado
en el Journal of Alzheimers Disease.







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